Bruno desde pequeño solía pasarse el día completo acompañado de sus juguetes, y en silencio, su mamá pensaba que era normal, por su edad. El tiempo fue pasando y la situación seguía igual. Al visitar a su médico éste le confirmó que su hijo padecía de autismo. Este niño pudo mejorar su situación gracias a la zooterapia.
Pero, ¿qué es esta patología?
El autismo es un trastorno generalizado del desarrollo y se caracteriza por problemas en la comunicación social y el contacto con el mundo externo. Y aunque es una patología aparentemente de origen genético, los síntomas se perciben alrededor del año y medio, cuando empieza el período de socialización. La alteración tanto sensorial como perceptiva que padece, le impide al niño recibir estímulos externos y el lenguaje, a menudo, no le sirve para comunicarse.
Los síntomas son trastornos en la comunicación y la interacción social. Son pequeños con conductas estereotipadas y rutinarias. Tienen una mirada vacía que atraviesa el objeto, están aislados y les cuesta mucho adaptarse a cosas nuevas.
Esa conducta fija y siempre igual es particular en cada niño. Para crecer y desarrollar otras habilidades, el primer objetivo de los terapeutas es poder diagnosticarla, algo así como dibujar o desentrañar ese esquema. Sólo después de acceder a la particularidad de cada paciente, ellos están en condiciones de diseñar un programa psicoeducativo. Es decir, estipular cuáles son las cosas que ese niño puede aprender y de qué forma hay que estimularlo tanto en su casa como en la escuela.
¿Cuál es la función del perro en esta tarea terapéutica? Por un lado, acorta los tiempos y amplía la certeza del diagnóstico. Como los perros también tienen conductas fijas, con su comportamiento refleja qué patrón rígido tiene adelante. Ante cada paciente, el animal adapta su respuesta o propuesta de juego y con su actuación nos dice a qué patrón está respondiendo, de ahí el diagnóstico.
El siguiente ejemplo es extraído de una nota hecha al Licenciado Pose, miembro del Hospital Pedro Elizalde.
“Key juega activamente durante media hora con un niño con retraso mental donde el contacto entre los cuerpos es constante y el movimiento incesante. Pero ante un niño con trastorno severo que la rechaza, Key se echa tranquila a descansar y observar cómo el niño se para sobre la manta o toma los juguetes. Y entonces el animal empieza a jugar con esa conducta: se acerca y le tira del cordón del zapato. En cuanto el nene le dice "no", la perra se aleja. El patrón que repite es simplemente tocarle el cordón de los zapatos.
Para el profesional, un diagnóstico que antes demandaba dos meses, con Key se resuelve en un solo encuentro. Para ello, el terapeuta filma la sesión donde actúa como observador. Luego selecciona una secuencia y analiza la interacción niño-perro. El film le permite estudiar los movimientos cuadro por cuadro y llegar a la llave que abrirá la puerta de futuros estímulos.”
Cada niño recibe un tratamiento que se extiende entre seis meses a un año. Después, los controles se van espaciando hasta una vez por mes. Pero nunca se cierra una historia porque al llegar a la adolescencia tienen cambios y hay que reajustar ya sea la terapia o la medicación.

